Coincidencia o no, necesitaba compartir esto.
Encima de una grada observo detenidamente un partido de futbol amateur en la cancha del deportivo cercano a mi departamento. Ya es bastante noche, no sé quiénes juegan ni tampoco su historia. De repente, el árbitro emite el silbatazo de medio tiempo, frente a mí pasaba algo que provocaría lágrimas en mis ojos. ¿Dónde había visto yo aquella escena antes, en quién? La nostalgia me invadió y no di crédito a lo que pasó después.
Recuerdo muy bien los días cuando el futbol era lo que más me apasionaba; no había mal momento para sacar una pelota y conducirla a una portería de metal, de botellas de plástico o de piedras sobre el asfalto.
La compañía lo fue todo, pues tuve la fortuna de coincidir con las mejores personas que Guanajuato me pudo dar. Tres de ellas eran mis mejores amigxs, leales cuando de un partido se trataba para después regresar a casa entre risas sobre una combi blanca.
Algunas veces acompañábamos a la familia para verles jugar la fase final del torneo, generalmente en horario nocturno, sobre una cancha de fútbol rápido que tenía un césped de buenas condiciones.
Durante esos juegos, se suscitaban oportunidades para pisar el pasto a la máxima velocidad que los pies lo permitieran. Las reglas duraban 8 minutos, porque una vez que se oía el silbatazo del medio tiempo, ese era el lapso en que la cancha se despejaba para darle paso a los y las pequeñas amantes del balompié, la portería quedaba libre y daba lo mismo la edad o estatura, el punto era defenderla cual guardameta en una final de copa.
Sin embargo, había algo constante en cada ocasión: un balón blanco con una visible falta de aire, perseguido por un grupo de niños y niñas a quiénes no les importaba que estuviera descosido, puesto que la única meta era llevarlo hacia las redes. Una vez regresaba el árbitro al centro del campo, la adrenalina terminaba, los jugadores se acomodaban y el partido seguía su curso.
Inevitable fue pensar que vivían la mejor época de su infancia, se notaba en sus ojos concentrados en la pelota ignorando todo afuera de la cancha. Más tarde crecieron y se hicieron jóvenes, aún con ello, siempre encontraban una excusa para juntarse, a manera de tradición.
Conforme la vida avanza, tomamos decisiones que sin desearlo, nos terminan alejando paulatinamente de los caminos donde un día no parábamos de soñar. Cuando nos percatamos de ello, ya es tarde, aunque tampoco tenemos la intención de rescatar lo perdido, tal vez porque nos avergüenza aceptar quiénes fuimos, o quizás ahora se nos hace imposible adaptarnos a un compás que no sea el reloj de nuestra muñeca.
Cuestiones hay miles, pero respuestas muy pocas, o eso creemos hasta que fuerzas indescifrables nos colocan en un punto específico de la historia, de la misma forma en la que hoy volví a escuchar ese sonido de medio tiempo; las jugadoras de ambos equipos fueron a sus respectivas bancas y un par de niños entraron con un balón viejo para enseguida disfrutar cada segundo siguiente.
El instante captó toda mi atención; mientras los niños se emocionaban por patear una pelota, cada bote suyo en el césped tocaba una nota en mi alma, como cierta sinfonía de un antiguo órgano musical. Entonces lo recordé: se trataba de los 8 minutos donde solo me preocupaba por correr a la portería rival, aquellas noches donde las miradas se iban con el balón blanco que en cada partido no podía faltar.
No solo regresé a mi infancia, sino que en medio de lágrimas reconocí la felicidad e inocencia de un niño que creía extraviado. Ahora siendo un adulto, atesoro esos días y a las personas que lo hicieron posible, pues a pesar de encontrarme en otro lugar y momento, todavía me acompañan en los entretiempos de cada juego.
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