Por alguna razón, los cierres de año no solo implican un reinicio espiritual en la mente de muchas personas, sino que también permiten extraer hasta la última gota de lo que el alma cree haber sepultado.
De un tiempo a la fecha, la mayoría de mis entradas han estado relacionadas directa e indirectamente con la historia más interesante de mi 2024. Cada nota y recuerdo me trasladan al mismo lugar que creí haber dejado atrás, y cuyo alcance e impacto aún soy incapaz de medir. Qué irónico. La pregunta obligada es: ¿hasta cuando?
Entre obligaciones, compromisos y prioridades, siempre resalta mi estupenda habilidad para centrar mi mente en las emociones de lo que alguna vez fue, y estoy seguro que no soy el único. Desde la primer mirada hasta el último leído, el fin de ciclo encamina la excusa perfecta para recordar nostálgicamente aquellos instantes que me marcaron en el trayecto.
En retrospectiva, los primeros meses reflejan el símbolo de la esperanza, el triunfo sobre las cenizas que el año anterior dejó. Se vuelve natural asociar esta etapa con el cambio que devuelve sonrisas y augura la ilusión del porvenir. Bien sabemos que las promesas no nacen en el crepúsculo de la tarde, sino durante el amanecer.
Las buenas historias comienzan tras un evento memorable. Cualquier pretexto resulta útil, una fecha importante, un día donde hasta los astros se convierten en cómplice de una gran declaración. Pero un momento no dura siempre; necesita el desarrollo y acto del tiempo para que evolucione. Por eso abril y mayo, aunque breves, son perfectos para ello: el primero te regala un fresco rocío que hasta nuevas canciones florecen en tus listas de reproducción, mientras que el segundo comulga cada partícula suspendida en el aire con lluvia y un cielo nublado.
Enseguida viene el solsticio de verano, el punto más alto en el recorrido solar previo a su descenso en lo que resta del año, según la posición en la que te encuentres. A partir de aquí, las hojas en los árboles empiezan a perder vivacidad antes de caer sin remedio. Nosotrxs, en cambio, estamos en el proceso de entender qué pasó, buscamos respuestas y a veces sin querer, volvemos sin haber pasado por la reconstrucción.
Agosto es clave porque trae consigo la redención. Decidimos hablar sobre el sufrimiento, ser honestxs, buscar ayuda, o bien, callarlo hasta que el alma no pueda resistir. Como sea, habrá modos para canalizar horizontalmente estas emociones, ya sea correr a máxima en la tormenta, o dejar el alma fluir a través de las manos expresando nuestro sentir.
Octubre regala ciertos días festivos que a pesar de su simple significado, duelen porque involucra compartirlos con alguien. Si en este punto ya estás en el otro lado de la historia, lograste algo que a la mayoría nos costará un rato más.
Noviembre, en tanto, te susurrará sutilmente al oído que las personas en ocasiones son pasajeras en el tren de la vida. Depende de ti renunciar o continuar en el viaje, recuerda, los mapas muestran las rutas, no obstante somos nosotrxs quienes elegimos seguirlas.
Y así llega diciembre, el mes que transforma tristeza en melancolía y viceversa, en el mejor de los casos. Conforme pasan los días pareciera que ya no importa el frío, pero en realidad deseamos urgentemente el calor y cobijo de la compañía, de sus manos. Un abrazo es lo que queremos. Con un beso soñamos. Un solo verso necesitamos.
La Navidad, el Fin de Año, las fechas que anhelamos desde el principio, son las que nos sumergen al final, entonces les prendemos fuego y obtenemos cenizas, las mismas que manchan la piel antes de empezar el nuevo ciclo, el viejo bucle.
No hay por qué temer, somos personas, somos sensibles, y como dije una vez, qué mágico poder experimentar cada fracción de esto. La capacidad de sentir más de una emoción es el verdadero triunfo del que te hablé al comienzo, y según el día y el mes, verás la oportunidad para iniciar de nuevo, después de todo, el famoso ciclo solo representa una vuelta desde cualquier punto.
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| El Sol y su linda tradición anual. |

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