Breves y sin mucho sentido, es tal vez lo mejor que puedo decir de aquellos instantes capaces de marcar nuestra vida, aunque no siempre sean felices.
Nos convencimos de que un presente se usa para festejar algo en particular, por eso creemos que algo triste no puede ser un obsequio. Sobrepensamos en el bien y el mal, sin embargo, en el aprendizaje y la experiencia cualquier momento es candidato a superar su propia banalidad para así escribir un capítulo extraordinario.
¿No me crees?
Existen los días lluviosos que alegran el caminar hacia los lugares más cotidianos, pero también los centímetros de agua que sepultan años de esfuerzo.
Cualquier medio sirve para moverse rápido y sentir el viento en la cara, aunque segundos más tarde dificulte la respiración.
La emoción de saberse en la mente de alguien más, y el miedo al rechazo que posteriormente provoca.
La adrenalina de una caída planeada hasta el milímetro.
La incertidumbre de viajar solx por primera vez.
El síntoma del primer enamoramiento, y después la primera ruptura.
La singularidad de encontrar unos ojos que ríen, y la incapacidad de escaparse de ellos.
La obsesión por una canción hasta dejar de sentirla parte de ti.
El alivio de ver a un perro sin hogar cobijado dentro de una tienda mientras afuera hiela.
La inexplicable gracia de sonreír mirando al cielo.
Las noches que recuerdas lo que hiciste durante el día, y el darse cuenta que quizá no vuelvas a vivir algo igual.
Te darás cuenta que la simplicidad puede ser sinónimo de la trascendencia, y que un buen día eres cómplice en el diario de alguien más.
Y entonces, ¿te convencí?
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