sábado, 30 de noviembre de 2019

Fotones.

Es de mañana, fría y lúcida para variar. Mi piel se congela pero con el mover de los músculos entra un poco en calor. Un curioso pensamiento me despertó hoy.

Dicen que el color puede delatar secretos de nuestra realidad hasta en la más pura oscuridad, pero, ¿y si nuestra realidad se comportara solo en términos de blanco y negro? 

El origen es claro, las fotografías al final se vuelven retratos comprometidos (y en ocasiones incomprendidos) del andar cotidiano, sin embargo, a veces su mensaje es tal que resulta inevitable extraerlas de nuestra cabeza, viven en esa parte de los recuerdos que, cuando se activa, te muestra guiños de película circulando una y otra vez libremente.

El caso es que vi uno de esos retratos hace poco, y fue el momento oportuno, la ocasión adecuada para que mis ojos vieran cómo el binario blanco y negro son tan fuertes y danzan en la misma pista donde la luz es jueza. 

Está más que claro que las fotografías expresivas involucran una infinidad de recursos para hacerlas justamente eso, un deleite visual que trascienda de una imagen y transporte al dulce sabor de un recuerdo, a la nostalgia de un momento o hasta juegue con tus otros sentidos, como si el aroma saliera del papel o la pantalla. Esta era una de esas fotos, pero simplificada.

Y quiero que quede claro algo; no es lo que se vea en ella, sino el fulgor que acompaña a sus protagonistas, de esta manera una foto puede conmover hasta al punto de enloquecer, y es ahora cuando entre risas me pregunto si no es obsesión. 

Mientras los sepias y sanguinas se divierten con su calidez y naturalidad, el cian y el magenta compiten por su vivacidad, los amarillos solo los observan, confundidos, y los verdes charlan tácitamente con el marrón, pero, apartados de todos ellos, se contemplan una y otra vez el blanco y el negro, pensando si en sus manos está el poder estar juntos.

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