miércoles, 27 de noviembre de 2019

Resignación en polvo.

A las cosas insólitas les gusta frecuentar lugares vacíos, entre suspiros cantan y recitan en nombre del silencio. Sin embargo, ¿Qué pasa cuando etiquetamos estos espacios como aburridos, incómodos, tal vez "ordinarios", sin percatarnos de todo su valor? 

Un caso muy peculiar es el del transporte público en la CDMX, en particular, el STC Metro, pues es de esos lugares que usamos como transición pero que guardan mucho más que voces al azar y momentos irritantes. Aclarémoslo de una vez, esto será una queja más de mi persona, y sobre todo, una invitación para observar el mundo con más empatía y consciencia.

Solía creer que caminar 22 cuadras, atravesar una avenida y subir unas escaleras de concreto para poder abordar uno de esos trenes naranjas, simbolizaba en esencia el camino de obstáculos que muchos de nosotros atravesamos en un abismo de caos y desorden citadino; al día de hoy la realidad es otra, pues detrás de un par de puertas metálicas o unos torniquetes siempre pueden suceder cosas memorables. He aquí una de ellas que un lunes por la mañana capturó mi atención.

A los usuarios del Metro no nos sorprende que exista comercio ambulante en sus interiores o que haya personas que recorran sus pasillos en busca de comida, dinero o algo que les garantice su despertar al otro día, incluso si es en forma de vicio. 

No obstante, la cosa cambia cuando presenciamos un robo, una pelea o una discusión: nos divierte el morbo, las obscenidades de nuestro medio, el caos visto desde la comodidad de tu ventana, es ahí cuando el ojo entrenado discrimina de un mendigo que solo busca unos pesos y de aquél que prepara un discurso antes de desenvainar un arma.

Pero esta no es una crónica de una pelea o un momento de adrenalina, fue más bien el retrato de aquellos que se acostumbraron al dolor y no solo conviven con él, sino que además se alimentan en sus narices, sin importarles ya nada.

El reloj daba las 5:42 am, había poca gente en el vagón, todos los lugares estaban ocupados y había algunos tantos acumulados alrededor de las puertas, llegando a la estación de Balderas subió uno de esos individuos que se prefiere evitar, de cabello medianamente largo, descalzo, de vestimenta severamente dañada, sí, de poca higiene y de una altura pequeña, pero tenía un par de singularidades cuya causa descubriría más tarde. 

En sus hombros llevaba el cordón que cargaba una bolsa con botellas de plástico, en el brazo derecho levantaba una bolsa negra considerablemente grande, ¿Qué había en su interior? cuando pasó cerca de mí divisé basura, de todo tipo, de esa que ignoramos en los andenes o la que "accidentalmente" olvidan en los mismos asientos. 

Al momento de recargar sus bolsas en una de las puertas del vagón, el sujeto descubrió sus brazos y dejo ver más sus piernas; tanto codos como rodillas estaban impregnados de un negro azabache con tintes rojizos en las grietas más rebuscadas de su piel, ¿por qué tanta oscuridad en medio de un tono levemente claro de piel? él me dio la respuesta con lo que hizo inmediatamente después.

Al arrancar la marcha del tren, dejó sus cosas acomodadas y comenzó a barrer el piso con sus brazos y piernas, recogiendo cada envoltura de papel que veía, sin importar si estaba abajo de los asientos o a media circulación del vagón. Recorrió, sin exagerar, 3/4 partes de cada cuadrante del carro para inspeccionarlo, lo dejaba libre de basura, polvo o cualquier suciedad que viera. Esa era la forma en la que se ganaba la vida, usar sus extremidades a manera de escoba y recogedor para juntar basura, introducirla en su bolsa, la limosna que alguien quisiera otorgarle iba a ser otra historia.

No tocaba instrumentos, no pedía el dinero descaradamente o bajo mentiras, no vendía mercancía y mucho menos ofrecía el típico espectáculo pasajero, él gastaba a diario su piel para limpiar a su manera el piso donde miles de nosotros caminamos con desprecio e incomodidad, ¿Y qué importaba si sus codos y rodillas sangraban y ocasionalmente dejaban un rastro rojizo por donde pasaba? él con su expresión lo decía todo: R E S I G N A C I Ó N .

La realidad es muy dura para algunos, y es que este mundo feroz les obliga a jugar con su cuerpo para ver si comerán algo, para que otros como nosotros sintamos compasión y lástima. Parece no afectarles ya, pues mientras deambulan reciben repudio de cientos de miradas, los aíslan, los minimizan.

En una síntesis mejor, la realidad es dura para todos, terrible para algunos, y para unos cuantos se convierte en una balanza completamente inclinada hacia el dolor y la resignación, y solo cuando la vida les ofrece un guiño suave y cálido, es cuando dicha balanza parece tambalearse, no por una buena noticia o un abrazo, tal vez solo por una moneda cayendo del aire, así de vacío y material, porque los motivos especiales ya no son sencillos de hallar.

De igual manera, son situaciones que suelen pasar inadvertidas, como ya dije, recitando en silencio, ignoradas por su "irrelevancia" para los que tienen una "vida ajetreada", para los que sufrimos por no satisfacer necesidades un millar de escalones arriba, innecesarias, estúpidas. 


Resignación, la palabra de la que nos hemos olvidado, palabra que para otros es la cobija en cada noche helada.


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